Cuatro equipos, y una misma realidad

¿Está condenada Villavicencio a no tener un club profesional de fútbol proyectado y consolidado realmente?, cualquiera podría responder de ipso facto que de dónde acá la pregunta si la capital del departamento del Meta cuenta con Llaneros FC que es local en plaza.

La reseña histórica del campeonato de ascenso del fútbol colombiano surgido en 1991 dice que uno de los 10 equipos que dieron vida a la Primera B fue Alianza de los Llanos. Han pasado 26 años desde que Julio Andrés Cabezas marcó el gol con el que ‘la Juventus metense’ se estrenó empatando a un tanto en Bogotá ante Cóndor Fútbol Club.

En dos décadas, por las tribunas del hoy estadio Manuel Calle Lombana desfilaron hinchas vestidos de negro y blanco, de naranja (ayer y ahora), de rayas verticales azules, verdes y rojas, de negro y blanco, de azul celeste y hasta de verde fosforescente. A vuelo de pájaro se creería que se trató de un enjambre de aficionados visitantes, mas no, son y fueron los mismos seguidores hinchando por cuatro equipos distintos, lo que de hecho ha impedido encariñar al aficionado con un mismo equipo; factor esencial en el sentimiento.

Los colores de los uniformes han cambiado como los nombres de llamados ‘clubes’ que muy, pero muy lejos han estado de serlo en la dimensión de lo que significa esa valiosa palabra en el mundo organizado del deporte profesional. A juzgar por lo visto, Alianza de los Llanos, Unión Meta, Centauros Villavicencio y Llaneros FC han sido solo eso, equipos de fútbol; causa efectiva en buena parte de los problemas que los han asfixiado hasta llevarlos a situaciones caóticas más que conocidas.

La falta de apropiada visión dirigencial de estos equipos tristemente no ha facilitado el fortalecimiento de verdaderas instituciones futbolísticas. El trabajo, sin calificarlo de fácil, en la práctica casi que se ha limitado a recibir patrocinios privados o públicos, cobrar cuentas y pagar gastos. Con un agravante, en todos los casos acumulando pasivos millonarios que reventaron financieramente los clubes. Ninguno se ha salvado de estar en grave crisis económica.

En siete años que existió Alianza de los Llanos nunca se estructuró como debió ser. Menos lo hizo en un año Unión Meta, tampoco Centauros Villavicencio en sus 11 años, ni lo ha hecho Llaneros Fútbol Club que ya completa un lustro. Cuatro oportunidades hasta ahora fallidas. Con triunfos, derrotas, alegrías y tristezas, voluminosas o pobres asistencias, no se ha pasado de equipos que juegan partidos ganan, empatan o pierden.

Ninguno, al menos por lo visto, ha tenido escuela formativa. Mina de oro que a la vez de permitir la detección de talentos y la preparación de los propios jugadores, lleva a crear las fuerzas básicas de cualquier institución deportiva con pretensiones patrimoniales. El fichaje de sus propios jugadores es un elemento sustancial en la riqueza de las empresas deportivas. Que bueno fuera que los equipos de las escuelas formativas de Llaneros FC participaran en los torneos de la Liga de Fútbol del Meta. El niño es imagen rodante del equipo que posiciona su marca y puede ser el jugador profesional o el hincha del mañana, si recibe buen trato y se fortalece en él sentido de pertenencia y amor por la camiseta. Todo es ganancia.

Simplista resulta culpar de la crítica problemática financiera a las bajas asistencias de espectadores o a que no se dispone sponsors suficientes que sean el colchón monetario necesario. Pero quedarse en esa apreciación, sin decir con ello que se carezca de razón, por supuesto, es hilar muy delgado y reducir a una única pieza la verdad plena de la situación. La fuente de las dificultades de los cuatro clubes va mucho más allá, y miremos el porqué.

Alianza de los Llanos, Unión Meta, Centauros Villavicencio y Llaneros despegaron impulsados por la expectativa de una afición sedienta de fútbol profesional y con la mira puesta en poder disfrutar de la primera división. Con más o menos seguidores, mayores o menores recursos económicos (ha habido de lo uno y lo otro), los cuatro iniciaron con respaldos y, en especial, con un aire de empuje añorado por clubes fincados donde pudieron o les tocó jugar.

Si el entusiasmo de entrada existió, entonces por qué el declive del apoyo padecido, sencillo, los equipos fenecidos nunca dieron el paso definitivo hacia convertirse en verdaderas estructuras empresariales. En Llaneros FC se está esperando. Una cosa es el equipo de amigos que participa para divertirse en el torneo de barrio, y otra el que compite en la esfera del profesionalismo, nivel en el cual priman conceptos eminentemente relacionados con el término empresa. El deporte profesional es un negocio aquí y en China.

Alianza de los Llanos, Unión Meta, Centauros Villavicencio y Llaneros FC han sido reflejo del efecto negativo que produce la falta de planeación, una de las palabras, si no la más valiosa para el desarrollo humano, pero la menos aplicada por los colombianos. La Real Academia Española define planear como: 1. trazar o formar el plan de una obra. 2. Hacer planes o proyectos. Suficiente es con remitirse al portal en la internet de Llaneros FC para encontrar que no está, si es que existe, ni la visión ni la misión del club.

Es planeando con propiedad como se desarrollan las empresas, indistinto de cual sea su actividad. A partir de estudios profundos de mercadeo, de identificar la condición sociocultural de los clientes (los hinchas, por ejemplo, son para los equipos), de conocer el potencial y la proyección de las ciudades, regiones o países, y hasta de auscultar el origen antropológico de quienes habitan el lugar en el que se establece una compañía. Ahí comienza el éxito o se da la primera zancada hacia el fracaso.

Voluntad de tener buenos equipos le ha sobrado, seguramente, a los orientadores de clubes metenses participantes en la B. Pero, ‘de buenas intenciones dicen que está lleno el camino al infierno’. El aficionado es corazón; el directivo, tiene que ser razón. Los resultados demuestran que se ha pensado en equipos: Entiéndase nóminas, cuerpos técnicos, uniformes, viajes, hoteles, mas no en sentar bases consistentes de empresas con planes a corto, mediano y largo plazo. En realidad, lo que es más importante.

Para la muestra un botón. Quiso llevarse a Llaneros Fútbol Club en sus cuatro meses iniciales a la Primera A – había nacido en abril de 2012 – improvisando para oficiar como anfitrión un escenario que de la noche a la mañana dejó de ser cancha para volverse ‘estadio’ en el barrio La Esperanza. Apenas se gateaba y ya se quería correr a la velocidad del jamaiquino Usain Bolt. Los términos ‘quemar etapas’ no estaban en el léxico. Había que tocar el cielo rápido; y se estaba aprendiendo a volar.

Contrario a lo que ocurre por ejemplo con Los Gemelos FC que dispone de sede deportiva, este como todos los clubes aficionados metenses con mínimos recursos económicos; Alianza de los Llanos, Unión Meta, Centauros Villavicencio y Llaneros con mucha más plata manejada, desde luego, nunca han tenido un sitio propio siquiera para entrenamientos. Ni que pensar en una sede social para sus asociados o socios. Cuando surgió el equipo llanerista alguno de sus directivos anunció que se compraría un terreno para la sede deportiva. Ya ni el bus existe, porque era prestado por el patrocinador.

Villavicencio posee un gran potencial para el fútbol espectáculo, léase para el negocio. Un juicioso estudio analítico de inversionistas debe considerar la realidad de la plaza donde deposita su confianza. En su particularidad, esta es una ciudad cosmopolita con miles de aficionados de Millonarios, América de Cali y Atlético Nacional. Como en el realismo mágico de Gabriel García Márquez contado en Cien Años de Soledad, aquí, todavía maravillan los imanes y el hielo, como cuando descrestaban a los nativos pobladores de Macondo los gitanos liderados por Melquiades. Se es feliz con lo foráneo.

En su proyección, esta ciudad debe no solo verse hacia sí misma, sino, en especial, hacia un mercado enorme que está en sus goteras. Cada vez más cerca tiene a Bogotá, que junto a quienes viven en municipios cundinamarqueses, hace que se sume más de 10 millones de personas vecinas. Con una ventaja gigante, cada villavicense posee por lo menos un familiar en la capital del país, al que muchas veces le queda más cerca visitarlo que atravesar la gran urbe de donde, a propósito, pueden venir muchos aficionados de todos los equipos profesionales del país que viven allá.

Por definición se dice que inversionista es quien “invierte una cantidad de dinero para conseguir ganancias”. En el caso del fútbol, serlo implica poseer visión empresarial y entender que partiendo de un planeamiento definido, debe irse consiguiendo objetivos en proporción a lo estimado en las etapas establecidas. Las grandes aficiones no se crearon como sacar genios de la lámpara de Aladino. América de Cali acaba de cumplir 90 años, y los equipos profesionales históricos de Colombia tienen más de 60 años.

En este departamento se sabe que quien cultiva palma de aceite o caucho debe esperar más de seis o siete años para comenzar a recoger el fruto de su inversión. Y por lo tanto invertir hasta cosechar, es una máxima. En el fútbol profesional no es distinto. El accionista debe comprender la importancia de fijar un derrotero, saber con claridad para dónde va, dejar de lado el perjudicial inmediatismo y estar dispuesto a invertir. Empresarialmente un club implica una sólida estructura administrativa, de la cual pende lo deportivo, el cuerpo médico, el marketing, las relaciones públicas. Claro, si se quiere tener un club debidamente organizado con presente, pero sobre todo con futuro.